Tuesday, August 23, 2005

Desorden y caos (1)

SANTO DOMINGO, REPUBLICA DOMINICANA.- La autoridad que viene desde arriba no se ejerce con la puntualidad, determinación y firmeza. Esta es una sociedad medalaganaria, en la que falta control, gerencia y seguimiento a todo lo que implica el quehacer del Gobierno y del resto de los poderes del Estado.


La apesadumbrada percepción que tiene el Presidente de que la sociedad dominicana se ha convertido en un desorden y un caos “donde no hay un sistema organizado para nada”, es la más patética admisión del actual estado de cosas en que se encuentra nuestro país.

Pese a la gravedad que encierra este juicio de fondo, pocos parecen animados a debatir las causas de nuestra infuncionalidad y del desorden que se registra a todos los niveles.

Tenemos muchos puntos de partida para seguir el hilo a las verdades del Presidente.

Para comenzar, reconozcamos que el país está derruido moralmente. Hemos perdido el respeto a las instituciones, a las leyes y al prójimo. Las buenas costumbres pasaron de moda. El concepto de la vida -y, por igual el de la muerte- se ha relativizado entre nosotros. Quitar una vida por una razón pueril, injustificada, no importa tanto, como tampoco que alguien se muera y ni siquiera lloremos su partida.

Los buenos modelos no tienen emuladores. Antes era un orgullo formarse y hacerse profesional para que la familia se honrase con un servidor de la patria. Hoy, eso no vale para nada.

Cada vez nos aislamos de los demás, y no compartimos sus necesidades. Se mueren grandes hombres y mujeres que aportaron mucho a la sociedad y no les reconocemos sus contribuciones.

Cada quien se siente en el derecho de imponer su razón, aunque no la tenga. La lucha por amasar riquezas nos hace más codiciosos y más presuntuosos, pero más indolentes e insensibles frente a la pobreza y las necesidades de la mayoría.

La autoridad que viene desde arriba no se ejerce con la puntualidad, determinación y firmeza. Esta es una sociedad medalaganaria, en la que falta control, gerencia y seguimiento a todo lo que implica el quehacer del Gobierno y del resto de los poderes del Estado.

La corrupción permea todos los ambientes y no hay negocio, concesión o trato en el que no medie una “mordida” o se entrecruce la cuña de un chantaje. Desde cualquier ambiente, sin excluir a ciertos medios de comunicación, no hay rubor en reclamar “lo mío primero” para que caminen y prosperen gestiones o iniciativas.

Esta mezcla de desenfrenos es la que impide que seamos capaces de organizar un plan de rehabilitación nacional de largo plazo.

Vivimos bajo las reglas de la globalización, subordinados a muchos esquemas impuestos desde fuera. Poco a poco perdemos, como nación, la capacidad y la autonomía para fijar nuestras propias prioridades, sin sufrir las injerencias de otros.

Algunas naciones han podido desarrollarse, bajo la férula de hombres o regímenes que imponen verdadero control y disciplina. Talvez por eso han avanzado. Trujillo, aquí, lo logró a base de timón y sangre. Posteriores gobiernos, debiluchos en su liderazgo, han sido culpables de que se desmoronara el respeto y el orden confundiendo libertinaje con democracia. Por esa y otras razones, de las que hablaremos mañana, es que vivimos en el desorden y en el caos generalizado.

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