Friday, December 16, 2005

Desagravio al Presidente


SANTO DOMINGO, RD.- El desagravio que la nación, unida, debe ofrecerle al Presidente, quien encarna lo más sagrado de los símbolos patrios, no debe constituir un acto político ni partidario, sino la expresión de un sentimiento unánime de repudio a la ofensa que sufrió en esa infortunada visita.


Al retornar hoy de su gira por el extranjero, el país debería tributar al Presidente Fernández un justiciero acto de desagravio por las ofensas que, en su persona, se perpetraron contra nuestra nación en la convulsionada Haití.

Él representa, tanto aquí como en el exterior, el más alto símbolo de la autoridad nacional, y cualquier acto o gesto inamistoso con el que se pretediense humillarlo, es un agravio contra la República Dominicana.

Sabemos que no hay tiempo para organizar un acto masivo de recibimiento, mediante el cual pueda plasmarse la síntesis de la solidaridad nacional hacia los símbolos que identifican nuestra nacionalidad.

Pero hay formas en las que a través del Gobierno se puedan convocar a entidades representativas de la sociedad para que , ya sea en el aeropuerto o en el Palacio Nacional, o en el escenario que se estime más conveniente, el país salude y apoye al Presidente.

Pudiera ser, inclusive, un acto en el que se reafirme la voluntad dominicana de contribuir, con el resto de las naciones amigas, al encauzamiento democrático de Haití para que pueda superar esos instintos atávicos que se manifestaron en las turbas amenazantes que malograron la visita del Presidente a Puerto Príncipe y que siguen atando a Haití a viejos resquemores y resentimientos sin sentido.

Ha sido un espectáculo de mal gusto que a un mandatario, imbuido de los mejores propósitos de solidaridad y respeto a las reglas de la buena vecindad, lo hayan tenido que sacar apresuradamente, bajo tiros y gomas incendiadas, de la capital haitiana, a la que visitaba de manera oficial.

El desagravio que la nación, unida, debe ofrecerle al Presidente, quien encarna lo más sagrado de los símbolos patrios, no debe constituir un acto político ni partidario, sino la expresión de un sentimiento unánime de repudio a la ofensa que sufrió en esa infortunada visita.

Los pueblos, en coyunturas como estas, deben deponer sus diferencias, sus contradicciones y sus pasiones, y cohesionarse en un sentimiento nacional.

Máxime cuando el país se prepara, con leyes y nuevas jurisprudencias, para organizar su sistema migratorio y para afrontar la gran tarea de regular la inmigración masiva e ilegal de nuestros vecinos.

La Iglesia dominicana, cultivadora por excelencia de la solidaridad y la dignidad humanas, podría propiciar una gran ceremonia por la unidad y la paz, en la cual los dominicanos eleven oraciones por el bienestar de su país y porque los haitianos puedan encontrar vías de avenencia y conciliación y la ayuda que necesitan—y que otros le han negado—, para que pueda como pueblo, salir de sus terribles dificultades y, sobre todo, de las fuertes pruebas que les esperan en el futuro inmediato.

El Presidente se merece un desagravio que, en definitiva, es un desagravio a toda la nación dominicana.

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