Monday, April 24, 2006

Una “cirugía” urgente

SANTO DOMINGO.-En Centroamérica, donde el pandillerismo y la criminalidad han estallado como volcanes de sangre. la lucha contra la delincuencia se ha convertido en una prioridad de primer rango.

En los países de esa región que han sido más maltratados y vapuleados por este fenómeno, las autoridades han recurrido a múltiples estrategias y a acciones concretas para resguardar el orden público y garantizar un mínimo de seguridad ciudadana.

Entre esas acciones figura el reforzamiento numérico y de equipos y tecnologías para sus cuerpos de seguridad pública. Y parejo con ellas, procesos de depuración para retirar de sus filas a los miembros que han delinquido asociándose con los delincuentes o se han dejado sobornar por las bandas de ladrones y narcotraficantes que buscan espacios e impunidad para proseguir su orgía de desmanes.

Honduras, por ejemplo, está lacerada por la delincuencia y sólo en el primer trimestre de este año han caído más de dos mil personas víctimas de la criminalidad. La cifra de atacados o heridos es todavía mayor.

Y las autoridades hondureñas han decidido reingresar a la policía a miles de soldados que, con aceptable hoja de servicios, estaban en retiro, como una manera de subsanar el déficit de agentes que patrullan las calles y persiguen a los pandilleros.

La Policía dominicana sufre el mismo mal, pero todavía no ha sido depurada cabalmente. Es una tarea pendiente que nos la acaba de recordar el rector de la Pontificia Universidad Católica de Santo Domingo, monseñor Agripino Núñez Collado, haciéndose eco de un reclamo nacional en ese sentido.

La cirugía que él propone para limpiar ese cuerpo y hacerlo más eficaz no soporta más demora.
Los últimos acontecimientos delictivos han puesto en evidencia lo imperativo que resulta proceder de inmediato a esa limpieza.

Son constantes los casos en que agentes policiales o soldados participan en delitos de todo tipo, creando ya en la ciudadanía, como dice monseñor, un gran temor pero al mismo tiempo una actitud de desconfianza e irrespeto hacia el uniforme de la autoridad.

Ya ni siquiera el uniforme representa garantía ni confianza de seguridad, ha dicho. Y le asiste toda la razón. No podemos, en una disyuntiva así, distinguir quién nos protege o quién nos acecha para atacarnos y matarnos. A estos increíbles extremos hemos llegado.

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