Tuesday, May 16, 2006

Una cita ineludible

SANTO DOMINGO.-El pueblo dominicano está convocado hoy a una cita ineludible: al sufragio electoral para escoger a los congresistas y autoridades municipales del período 2006-2008.

Por las características especiales de esta elección, en la que se permite el llamado “voto preferencial”, estos comicios constituyen una prueba para el reforzamiento del sistema democrático, que se basa en la alternabilidad y en la representatividad de los elegidos.

Si bien es demasiado amplia la lista de candidatos, estas elecciones ofrecen la oportunidad al votante de medir y sopesar la calidad, la preparación o el grado de aptitud profesional y la vocación de servicio público de muchos de ellos.

Es una oportunidad, como dice la Iglesia, para escoger a los mejores, es decir, a los que el pueblo perciba que reúnen condiciones que los hacen merecedores de la fe y la confianza pública.

Este ejercicio ayudará sobremanera a poner un freno, un valladar, contra la inclusión en estos puestos de poder de individuos cuya vida ha estado marcada por la ineptitud, la deshonestidad, la marrullería y la corrupción.

O contra aquellos de quienes pueda sospecharse que han llegado suertudamente a esas categorías de candidatos por la fuerza de intereses oscuros ligados al narcotráfico u otras formas delictivas.

En la medida en que los ciudadanos entiendan que el votar representa una oportunidad de oro para decidir el destino de sus instituciones estatales, en esa medida el voto se hace más comprometido con ese principio.

En juego está la composición del Congreso y de los gobiernos municipales. El reto de las nuevas autoridades es el de concebir leyes e iniciativas que conecten mejor al país con las tendencias del desarrollo mundial.

No puede ser un Congreso rezagado ni maniqueado por intereses que a menudo resultan perturbadores al proceso dinámico de la globalización en que nos encontramos.

El país que irá hoy a las urnas lo hará, sin dudas, con la expectativa de escoger autoridades que puedan devolver a esas instancias de poder su decisivo rol en la marcha del país, el brillo de las mejores ideas, el auténtico espacio para el debate de los asuntos nacionales e internacionales de manera seria y profunda, y su obligación de servir al bien común, no a las parcelas codiciosas que sólo aspiran a chupar del presupuesto nacional o a convertir los recintos del Congreso y los ayuntamientos en un mercado de leyes y prebendas.

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